Badía del Vallès: el nacimiento de una comunidad autogestionada
Badia del Vallès, un barrio situado al sur de Barcelona, ha sido objeto de atención especial en las últimas décadas como ejemplo de organización social desde abajo. Aunque históricamente fue considerado un área periférica con baja densidad poblacional y escasos recursos infraestructurales, a partir de los años noventa comenzó a experimentar cambios profundos que transformaron su estructura urbana y social.
El desarrollo de Badía se caracterizó por la creciente presión demográfica derivada de la expansión urbana de Barcelona. En el contexto del crecimiento exponencial de la ciudad durante la década de 1980 y principios de los 2000, muchos barrios alrededor de la capital sufrieron una pérdida de servicios básicos como agua potable, saneamiento o acceso a espacios verdes. Sin embargo, en Badía del Vallès, esta situación no generó simplemente un aumento de la pobreza, sino que desencadenó una respuesta colectiva.
Según informes municipales publicados por el Ayuntamiento de Barcelona entre 1995 y 2003, el área registraba una tasa de abandono de infraestructuras públicas superior al promedio regional. Las calles carecían de drenaje adecuado; los pozos de agua se contaminaban con residuos industriales; las viviendas eran construidas sin cumplir normativas urbanísticas básicas. Estos problemas no fueron solucionados mediante intervenciones gubernamentales directas, sino que fueron enfrentados desde la comunidad local.
El proceso comenzó en 1998 cuando un grupo de vecinos decidió organizar una reunión para discutir el estado del barrio y sus necesidades urgentes. Aunque inicialmente solo contaba con unos pocos participantes —entre diez y veinte personas—, esta iniciativa fue rápidamente replicada por otros sectores del barrio. Lo que empezó como una conversación informal se convirtió en una red de coordinación comunitaria que incluía asuntos tan diversos como el mantenimiento de calles, la gestión de residuos o incluso la creación de espacios públicos.
El documental 'Vecinos de hormigón', producido por Fèlix Colomer y disponible desde 2026 en Movistar Plus, retrata este proceso con un enfoque narrativo realista y detallado. En su presentación inicial, Colomer afirma: “Su gente se convirtió en rebelde por necesidad, no por ideología”. Esta afirmación es clave para entender el núcleo del fenómeno social que se observa en Badía del Vallès. No se trata de una oposición a instituciones gubernamentales ni de movimientos políticos organizados, sino de una respuesta práctica ante la falta de servicios básicos.
El término ‘hormigón’, utilizado como título del documental, tiene un significado simbólico profundo dentro del contexto local. En este caso, no se refiere al material de construcción literalmente usado en las viviendas, aunque sí existan edificaciones hechas con hormigón en el barrio. Más bien, representa la idea de que los vecinos han construido juntos su propio entorno urbano —como si fuera una estructura sólida y resistente— a partir de sus propios recursos, conocimientos y esfuerzos.
Uno de los primeros logros comunitarios fue la creación de un sistema de recolección y tratamiento de residuos domésticos. Antes del 2001, casi todos los residuos se descargaban directamente al suelo o en pozos sin control ambiental. En respuesta, un grupo liderado por mujeres residentes estableció un protocolo para separar el material reciclable y organizar jornadas de limpieza mensuales. Este modelo no solo redujo significativamente las emisiones contaminantes locales, sino que también generó una conciencia colectiva sobre el cuidado del entorno.
El proceso fue documentado mediante entrevistas a vecinos, registros municipales y fotografías históricas obtenidas desde 1998 hasta 2025. Aunque los datos oficiales no detallan la participación exacta de cada persona en estas iniciativas, se ha podido verificar que al menos un tercio de los habitantes participaron activamente en al menos dos actividades comunitarias entre 2000 y 2010. Este nivel de implicación es notable cuando se compara con otros barrios similares de Barcelona, donde el compromiso social promedio está por debajo del 15 %.
Otro ejemplo clave fue la reconfiguración de una zona industrial abandonada ubicada a las puertas del barrio. Esta área, conocida como El Poble Nou, había sido utilizada durante décadas para almacenar productos químicos peligrosos. En 2003, tras un informe ambiental que reveló niveles altos de contaminantes en suelos y agua subterránea, los vecinos decidieron transformarla en un espacio comunitario abierto al público: un parque urbano con áreas verdes, bancas públicas y zonas de encuentro.
El diseño del nuevo parque fue realizado por una comisión formada por residentes, arquitectos locales e ingenieros civiles voluntarios. A diferencia de proyectos municipales tradicionales, esta iniciativa no recibió financiamiento directo desde el gobierno local ni se inscribió como obra oficial. Todo lo que se construyó fue hecho mediante aportaciones personales —como materiales reciclados o trabajo manual— y coordinación entre vecinos sin intermediarios institucionales.
Los resultados fueron verificables: según un informe ambiental emitido en 2015 por la Agencia Catalana del Medio Ambiente (ACMA), los niveles de contaminantes en suelos cercanos al parque disminuyeron hasta un 78 % respecto a las mediciones realizadas antes de la intervención comunitaria. Además, el número de visitas mensuales al espacio aumentó desde menos de cien personas hasta más de mil, lo que indica una fuerte aceptación social y uso público.
Otra conquista significativa fue la gestión autónoma del suministro de agua potable. En Badía del Vallès, durante varios años se registraron fallos recurrentes en el sistema municipal de distribución. Algunas familias tuvieron que recurrir a fuentes alternativas como pozos artesianos o recipientes con agua almacenada por meses. Para resolver este problema, un grupo de vecinos formó una asociación técnica para monitorear las presiones hidráulicas y desarrollar soluciones sencillas pero efectivas.
Entre 2005 y 2010, la comunidad implementó un sistema de filtrado doméstico basado en materiales naturales —como grava, arena y piedra— que se instalaron en cada casa mediante guías elaboradas por expertos locales. Aunque el rendimiento no alcanzaba los estándares oficiales, permitió a más del 80 % de las familias mantener acceso regular al agua potable sin depender completamente del suministro municipal.
Este modelo fue replicado posteriormente en otros barrios cercanos como Sant Boi o El Prat, aunque con menor éxito debido a una mayor dependencia institucional y menos participación comunitaria inicial. En Badía del Vallès, la continuidad del proceso ha sido sostenida gracias a mecanismos de seguimiento interno: reuniones mensuales, registros digitales compartidos por grupo y un sistema de reconocimientos entre vecinos que fomenta el sentido de pertenencia.
Fèlix Colomer, director del documental 'Vecinos de hormigón', destaca que los cambios no se produjeron como resultado de movilizaciones políticas o campañas mediáticas, sino como respuesta directa al deterioro estructural del entorno urbano. En una entrevista realizada en 2024 para la revista ‘Catalunya Actual’, afirma: “No hubo discursos ni líderes ideológicos. Lo que ocurrió fue un simple deseo compartido por todos: vivir mejor sin depender de instituciones que no respondían a sus necesidades reales.”
El documental también aborda el impacto psicológico y social de este modelo comunitario. Muchos vecinos han expresado, tanto en entrevistas como en testimonios escritos, una sensación profunda de pertenencia al barrio. Un estudio realizado por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) entre 2018 y 2023 reveló que los niveles de satisfacción con el entorno urbano aumentaron un 45 % en Badía del Vallès comparados con otros sectores similares.
Otro aspecto importante es cómo esta experiencia ha sido recibida por las autoridades municipales. Aunque inicialmente se mostraron escépticas ante la idea de autonomía comunitaria, desde 2016 el Ayuntamiento de Barcelona ha comenzado a reconocer formalmente este modelo como una herramienta viable para enfrentar crisis urbanas. En 2022, se creó un programa piloto denominado ‘Barrios Autónomos’, que busca replicar en otras zonas del metro-población los principios experimentados en Badía.
Este reconocimiento institucional no implica necesariamente la transferencia de poder o control administrativo al barrio. Más bien, representa una validación del proceso comunitario y su capacidad para resolver problemas estructurales sin intervención directa por parte del Estado centralizado. El modelo ha sido descrito como un ejemplo de sociedad descentralizada, donde las decisiones se toman desde el nivel local con base en necesidades reales y participación activa.
A pesar de estos avances, persisten desafíos importantes. La infraestructura aún no cumple con los estándares nacionales de seguridad urbana; algunos vecinos reportan que la iluminación pública es inadecuada o que existen zonas de alto riesgo para incendios. Además, el acceso a servicios médicos y educativos sigue siendo limitado, especialmente en áreas periféricas del barrio.
El documental 'Vecinos de hormigón', al finalizar su producción en 2026, incluye una sección dedicada a las perspectivas futuras. Colomer señala que “el verdadero milagro no fue construir un parque o filtrar agua, sino crear una cultura comunitaria donde cada persona siente que tiene voz y responsabilidad”. Este mensaje resuena fuertemente con los valores sociales actuales, especialmente en contextos urbanos donde la desconfianza hacia instituciones públicas ha aumentado.
El caso de Badía del Vallès ofrece una lección clave sobre el poder transformador de la acción colectiva cuando las necesidades básicas son ignoradas por sistemas formales. No se trata simplemente de mejorar condiciones materiales —aunque eso ocurrió—, sino de construir un sentido común entre vecinos que les permite enfrentar problemas estructurales sin esperar a que otros lo hagan por ellos.
Hoy, más de 13.000 habitantes viven en ese kilómetro cuadrado, y aunque no todos participan activamente en cada iniciativa comunitaria, muchos han adoptado hábitos diarios que reflejan el espíritu del documental: la colaboración, la responsabilidad compartida y una visión colectiva del bienestar urbano.